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domingo, 5 de junio de 2016

En Venta El Teatro De La Republica (Noroña SDP 2016/06/03)

En venta el Teatro la República, columna de Noroña en SDP noticias al respecto.



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Por esto y mucho mas es un honor estar con Obrador y luchar por la nación.

martes, 29 de enero de 2013

Más sobre la película ‘Lincoln’ y sobre Lincoln

Por Vicenç Navarro / Público.es
Catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas. Universidad Pompeu Fabra, y Profesor de Policy Analysis and Public Policy. The Johns Hopkins University
Me alegra constatar que la publicación de mi artículo “Lo que la película Lincoln no dice sobre Lincoln” en Público (17.01.13) ha generado un cierto interés con un incipiente debate sobre la influencia del pensamiento y movimiento socialistas (en sus diversas sensibilidades, socialista, comunista o anarquista) sobre Lincoln y la abolición de la esclavitud en EEUU. Lamento, sin embargo, que, como era ya predecible, tal debate no haya aparecido en los mayores medios de difusión del país. Éstos, en su discusión sobre la película Lincoln, se han centrado en el análisis filmográfico sin explicar ni entender el contexto de la temática de la misma. Los medios, entendidos como espectáculo, continuamente debilitan el carácter informativo y educativo que debería prevalecer en su producción.

La respuesta al artículo ha sido viva y agradezco su intensidad. Pero antes de comentar tales respuestas, incluyendo, por supuesto, las críticas, quisiera subrayar que veo méritos en el mensaje político que la película intenta dar y que tiene que entenderse dentro del enorme conservadurismo que caracteriza la cultura hegemónica de aquel país. Por extraño que parezca, la llamada Guerra Civil estadounidense se ha presentado como un conflicto entre dos bandos igualmente válidos en la moralidad de su causa. Y le sorprenderá al lector saber que, en general, había y continúa habiendo una gran simpatía en la última filmografía hacia la causa confederal, vista como una causa romántica (supuestamente en defensa de la tradición y del patriotismo) frente a los intereses federales que, con su modernización, rompieron con la cultura de un mundo antiguo pero supuestamente mejor. La película Lo que el viento se llevó tipifica esta visión. En realidad, tan recientemente como el año 2003, se podía todavía ver la película Gods and Generals, que es una defensa de la supuesta nobleza de la causa del Sur.

Desde este punto de vista, la película Lincoln es la primera película con un presupuesto importante que claramente adopta una postura favorable al Norte. Ahora bien, esta visión, al centrarse en la aprobación de la Ley de la Emancipación de la Esclavitud, sin analizar el contexto político que lo determinó, no explica porqué ocurrió aquel evento ni cómo ocurrió. Ver (como hace la película) la aprobación de tal ley como resultado de un politiqueo, incluyendo prácticas clientelares entre las distintas personalidades (rasgo muy característico, por cierto de la filmografía estadounidense) detrás de la Ley, es no entender la historia. Se repite con ello la imagen tan extendida de que la historia la escriben los grandes hombres (y ocasionalmente grandes mujeres), tesis más que discutible. En realidad, más que discutible, la tesis es errónea, pues tales personajes son voces e instrumentos de fuerzas económicas y políticas y movimientos sociales más amplios, como el mundo del capital y del trabajo, que apenas aparecen en la película. Incluso, centrándose en el tema de la emancipación, no se puede entender la evolución de Lincoln (a la cual haré referencia más tarde) sin conocer que 200.000 tropas de esclavos se unieron a las tropas federales, cuya lucha heroica jugó un papel importante en la victoria federal. Ni sin citar el movimiento abolicionista dentro del Partido Republicano, liderado por una persona clave, Thaddeus Stevens, o el propio movimiento obrero, incluido el internacional. Era precisamente durante los meses en los que ocurren los hechos de la película cuando la 1ª Internacional se estableció, con un intercambio epistolar entre Lincoln y Marx (al cual hice referencia en mi artículo anterior) de enormes significados que, predeciblemente, no aparece en esta película.

En realidad, fue el movimiento obrero de distintos países de Europa el que apoyó el bloqueo de los puertos confederados en contra de los deseos de los establishments económicos de tales países que sí querían romper con aquel bloqueo argumentado (a fin de conseguir el apoyo de sus clases trabajadoras) que romperlo significaría recibir de los Estados confederados el algodón que se necesitaba para reavivar las economías. Tal como señala Kevin Anderson en su interesante comentario “Spielberg’s “Lincoln”, Karl Marx, and the Second American Revolution”, la resistencia a seguir el mandato de los industrialistas de sus países, en favor de la victoria del Norte frente a los esclavistas del Sur en EEUU, incluso a costa de sus propios intereses inmediatos, ha sido uno de los actos de internacionalismo proletario más solidarios conocidos en la historia del movimiento obrero. El que así lo vio también fue Karl Marx, que en su columna en The New York Tribune (21 de octubre de 1861) escribió que el pueblo inglés, francés y alemán de Europa consideraba la causa del Norte a favor de la libertad como su propia causa, siendo su lucha para conseguir la libertad como su propia lucha en contra de la esclavitud y en contra de la opresión del mundo del trabajo. La llamada al fin de la esclavitud y al desarrollo de la democracia era su causa. Y Lincoln era plenamente consciente de que la movilización obrera estaba frenando el apoyo de los gobiernos de los países europeos a la causa del Sur. De ahí su respuesta cálida a la carta de apoyo de Marx y de la 1ª Internacional a su causa y al pueblo estadounidense, respuesta también comentada en mi artículo anterior, que creó pánico entre las burguesías de aquellos países.

Pero paso ahora a responder las aparentes incoherencias en la postura de Lincoln. Varios comentaristas han señalado las declaraciones de Lincoln, que en varias ocasiones se distanció claramente de las tesis abolicionistas. En mi artículo decía ya que Lincoln había tenido claroscuros en su biografía. Y éste era uno de ellos. Ahora bien, sin diluir la importancia de estos hechos, también hay que constatar que el famoso discurso en el que Lincoln, en plena campaña para el puesto de Senador de EEUU, se desmarcó de tal postura ocurrió el 18 de septiembre de 1858. Pero Lincoln evolucionó debido a las influencias de los propios negros que lucharon en el lado republicano, así como los socialistas, sobre todo los utópicos, que generaron aquel eslogan que, como indiqué en el artículo anterior, dio pie a la famosa frase ex lincolniana del “government of the people, by the people and for the people”. De ahí que fuera considerando más y más a los exesclavos como parte de este “people”, de este pueblo. En realidad, la prohibición de la esclavitud sin compensación a los propietarios de esclavos fue la nacionalización más profunda y más rápida que haya ocurrido en cualquier revolución. Eliminó de un plumazo una clase social: los propietarios de esclavos. Y aunque Lincoln no hiciera suya la causa abolicionista de que tales tierras pasaran a ser poseídas por los esclavos, no queda claro qué hubiera ocurrido en caso de continuar su vida como Presidente. El creciente movimiento podría haberle influenciado todavía más y más. El único punto claro es que el que fue jefe de su gabinete más tarde indicó que muchos en la campaña de Lincoln eran socialistas con pleno conocimiento y aprobación del Presidente. Todo ello explica el reconocimiento que tal Presidente ha tenido, mereciéndose la asignación de su nombre a las Brigadas de luchadores estadounidenses a favor de la II República española, conocidas como Brigadas Lincoln.

Una última observación. La visibilidad, reconocimiento y concienciación de una forma de explotación viene determinada por la movilización de las víctimas de tal explotación que hacen conscientes al resto de la sociedad de la justicia de su causa. Marx, un luchador contra la explotación del mundo del trabajo por parte del capital, no era consciente ni era sensible a otra forma de explotación, la explotación de género. Las feministas han criticado, con razón, a Marx por esta insensibilidad.

Y hace muy poco, las izquierdas europeas eran muy poco sensibles a la explotación de las personas homosexuales, y sólo hace unos años que ha habido tal reconocimiento. Y, todavía hoy, muchos socialistas españoles son insensibles a la explotación que el Estado español ha impuesto a las naciones existentes dentro de España, negando su existencia. Abraham Lincoln fue evolucionando y pasó de tener una repugnancia hacia la esclavitud a reconocer a la población esclava como una población dotada de los mismos derechos que el resto de la población. El gran defecto de la película Lincoln es que no explica ni informa sobre las causas (es decir, el contexto político) de tal evolución.

Lo que la película ‘Lincoln’ no dice sobre Lincoln

Por Vicenç Navarro/Público.es
Catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas. Universidad Pompeu Fabra, y Profesor de Policy Studies and Public Policy. The Johns Hopkins University

La película Lincoln, producida y dirigida por uno de los directores más conocidos de EEUU, Steven Spielberg, ha reavivado un gran interés por la figura del presidente Lincoln, uno de los presidentes que, como el presidente Franklin D. Roosevelt, ha intervenido siempre en el ideario estadounidense con gran recuerdo popular. Se destaca tal figura política como la garante de la unidad de EEUU, tras derrotar a los confederados que aspiraban a la secesión de los Estados del Sur de aquel Estado federal. Es también una figura que resalta en la historia de EEUU por haber abolido la esclavitud, y haber dado la libertad y la ciudadanía a los descendientes de las poblaciones inmigrantes de origen africano, es decir, a la población negra, que en EEUU se conoce como la población afroamericana.

Lincoln fue también uno de los fundadores del Partido Republicano que en sus orígenes fue directamente opuesto al Partido Republicano actual, que está hoy altamente influenciado por un movimiento –el Tea Party- chauvinista, racista y sumamente reaccionario detrás del cual hay intereses económicos y financieros que quieren eliminar la influencia del gobierno federal en las vidas económicas, sociales y políticas del país. El Partido Republicano fundado por el presidente Lincoln era, por el contrario, un partido federalista, que consideró al gobierno federal como garante de los Derechos Humanos. Y entre ellos, la emancipación de los esclavos, tema central de la película Lincoln, fue al que Lincoln dio mayor hincapié. Terminar con la esclavitud significaba que el esclavo pasaba a ser trabajador, dueño de su propio trabajo.

Ahora bien, Lincoln, incluso antes de ser presidente, consideró otras conquistas sociales como parte también de los Derechos Humanos, y entre ellas, el derecho del mundo del trabajo a controlar, no sólo su trabajo, sino también el producto de su trabajo. El derecho de emancipación de los esclavos transformaba al esclavo en una persona libre asalariada, unida –según él- en lazos fraternales con los otros miembros de la clase trabajadora, independientemente del color de su piel. Sus demandas de que el esclavo dejara de serlo y de que el trabajador –tanto blanco como negro- fuera el dueño, no sólo de su trabajo, sino también del producto de su trabajo, eran igualmente revolucionarias. La emancipación de la esclavitud requería que la persona fuera la dueña de su trabajo. La emancipación de la clase trabajadora significaba que la clase trabajadora fuera la dueña del producto de su trabajo. Y Lincoln demandó los dos tipos de emancipación. El segundo tipo de emancipación, sin embargo, ni siquiera se cita en la película Lincoln. En realidad, la ignora. Y utilizo la expresión “ignora” en lugar de “oculta”, porque es del todo posible que los autores de la película o del libro sobre el que se basa ni siquiera conozcan la historia real de Lincoln. La Guerra Fría en el mundo cultural e incluso académico de EEUU (que continúa existiendo) y el enorme dominio de lo que en allí se llama la Corporate Class (la clase de los propietarios y gestores del gran capital) sobre la vida, no sólo económica, sino también cívica y cultural, explica que la historia formal de EEUU que se enseña en las escuelas y en las universidades sea muy sesgada, purificada de cualquier contaminación ideológica procedente del movimiento obrero, sea socialismo, comunismo o anarquismo. La gran mayoría de estudiantes estadounidenses, incluso de las universidades más prestigiosas y conocidas, no saben que la fiesta del 1º de Mayo, celebrada mundialmente como el Día Internacional del Trabajo, es una fiesta en homenaje a los sindicalistas estadounidenses que murieron en defensa de trabajar ocho horas al día (en lugar de doce), victoria que inició tal reivindicación exitosa en la mayoría de países del mundo. En EEUU, tal día, el 1º de Mayo, además de no ser festivo, es el día de la Ley y el Orden -Law and Order Day- (ver el libro People’s History of the U.S., de Howard Zinn). La historia real de EEUU es muy distinta a la historia formal promovida por las estructuras de poder estadounidenses.

Las ignoradas y/o ocultadas simpatías de Lincoln

Lincoln, ya cuando era miembro de la Cámara Legislativa de su Estado de Illinois, simpatizó claramente con las demandas socialistas del movimiento obrero, no sólo de EEUU, sino también mundial. En realidad, Lincoln, tal como indiqué al principio del artículo, consideraba como un Derecho Humano, el derecho del mundo del trabajo a controlar el producto de su trabajo, postura claramente revolucionaria en aquel periodo (y que continúa siéndolo hoy), y que ni la película ni la cultura dominante en EEUU recuerda o conoce, convenientemente olvidada en los aparatos ideológicos del establishment estadounidense controlados por la Corporate Class. En realidad, Lincoln consideró que la esclavitud era el dominio máximo del capital sobre el mundo del trabajo y su oposición a las estructuras de poder de los Estados sureños se debía precisamente a que percibía estas estructuras como sustentadoras de un régimen económico basado en la explotación absoluta del mundo del trabajo. De ahí que viera la abolición de la esclavitud como la liberación no sólo de la población negra sino de todo el mundo del trabajo, beneficiando también a la clase trabajadora blanca, cuyo racismo él veía que iba en contra de sus propios intereses. Lincoln también indicó que “el mundo del trabajo antecede al capital. El capital es el fruto del trabajo, y no hubiera existido sin el mundo del trabajo, que lo creó. El mundo del trabajo es superior al mundo del capital y merece la mayor consideración (…) En la situación actual el capital tiene todo el poder y hay que revertir este desequilibrio”. Lectores de los escritos de Karl Marx, contemporáneo de Abraham Lincoln, recordarán que algunas de estas frases eran muy semejantes a las utilizadas por tal analista del capitalismo en su análisis de la relación capital/trabajo bajo tal sistema económico.

Le sorprenderá a gran número de lectores saber que los escritos de Karl Marx influenciaron a Abraham Lincoln, tal como documenta en gran detalle John Nichols en su excelente artículo  “Reading Karl Marx with Abraham Lincoln Utopian socialists, German communists and other republicans” publicado en Political Affairs (27/11/12), y del cual extraigo las citas así como la mayoría de datos publicados en este artículo. Los escritos de Karl Marx eran conocidos entre los grupos de intelectuales que estaban profundamente insatisfechos con la situación política y económica de EEUU, como era el caso de Lincoln. Karl Marx escribía regularmente en The New York Tribune, el rotativo intelectual más influente en Estados Unidos en aquel periodo. Su director Horace Greeley se consideraba un socialista y un gran admirador de Karl Marx, al cual invitó a ser columnista de tal diario. En las columnas de su diario incluyó gran número de activistas alemanes que habían huido de las persecuciones ocurridas en la Alemania de aquel tiempo, una Alemania altamente agitada, con un naciente movimiento obrero que cuestionaba el orden económico existente. Algunos de estos inmigrantes alemanes (conocidos en el EEUU de aquel momento como los “Republicanos Rojos”) lucharon más tarde con las tropas federales en la Guerra Civil, dirigidos por el presidente Lincoln.

Greeley y Lincoln eran amigos. En realidad Greeley y su diario apoyaron desde el principio la carrera política de Lincoln, siendo Greeley el que le aconsejó a que se presentara a la presidencia del país. Y toda la evidencia apunta que Lincoln era un ferviente lector del The New York Tribune. En su campaña electoral para la presidencia de EEUU invitó a varios “republicanos rojos” a integrarse en su equipo. En realidad, ya antes, como congresista, representante de la ciudadanía de Springfield en el Estado de Illinois, apoyó frecuentemente los movimientos revolucionarios que estaban ocurriendo en Europa, y muy en especial en Hungría, firmando documentos en apoyo de tales movimientos.

Lincoln, gran amigo del mundo del trabajo estadounidense e internacional.

Su conocimiento de las tradiciones revolucionarias existentes en aquel periodo no era casual sino que era fruto de sus simpatías con el movimiento obrero internacional y sus instituciones. Animó a los trabajadores de EEUU a organizar y establecer sindicatos y continuó haciéndolo cuando fue presidente. Y varios sindicatos le nombraron miembro honorario. En su respuesta a los sindicatos de Nueva York subrayó vosotros habéis entendido mejor que nadie que la lucha para terminar con la esclavitud es la lucha para liberar al mundo del trabajo, es decir, a liberar a todos los trabajadores. La liberación de los esclavos en el Sur es parte de la misma lucha por la liberación de los trabajadores en el Norte. Y durante la campaña electoral, el presidente Lincoln promovió la postura en contra de la esclavitud indicando explícitamente que la liberación de los esclavos les permitiría a los trabajadores exigir los salarios que les permitirían vivir decentemente y con dignidad, ayudando con ello a aumentar los salarios de todos los trabajadores, tanto negros como blancos.

Marx, y también Engels, escribieron con entusiasmo sobre la campaña electoral de Lincoln, en un momento en que ambos estaban preparando la Primera Internacional del Movimiento Obrero. En un momento de las sesiones, Marx y Engels propusieron a la Internacional que enviara una carta al presidente Lincoln felicitándolo por su actitud y postura. En su carta, la Primera Internacional felicitaba al pueblo de EEUU y a su presidente por, al terminar con la esclavitud, haber favorecido la liberación de toda la clase trabajadora, no solo estadounidense, sino también la mundial.

El presidente Lincoln respondió, agradeciendo la nota y respondiendo que valoraba el apoyo de los trabajadores del mundo a sus políticas, en un tono cordial, que, por cierto, creó gran alarma entre los establishments económicos, financieros y políticos a ambos lados del Atlántico. Estaba claro, a nivel internacional que, como señaló más tarde el dirigente socialista estadounidense Eugene Victor Debs, en su propia campaña electoral, “Lincoln había sido un revolucionario y que por paradójico que pudiera parecer, el Partido Republicando había tenido en su orígenes una tonalidad roja”.

La revolución democrática que Lincoln inició y que nunca se desarrolló.

Ni que decir tiene que ninguno de estos datos aparece en la película Lincoln, ni son ampliamente conocidos en EEUU. Pero, como bien señalan John Nichols y Robin Blackburn (otro autor que ha escrito extensamente sobre Lincoln y Marx), para entender Lincoln hay que entender el periodo y el contexto en los que él vivió. Lincoln no era un marxista (término sobreutilizado en la literatura historiográfica y que el propio Marx denunció) y no era su intento eliminar el capitalismo, sino corregir el enorme desequilibrio existente en él, entre el capital y el trabajo. Pero, no hay duda de que fue altamente influenciado por Marx y otros pensadores socialistas, con los cuales compartió sus deseos inmediatos, claramente simpatizando con ellos, llevando su postura a altos niveles de radicalismo en su compromiso democrático. Es una tergiversación histórica ignorar tales hechos, como hace la película Lincoln.

No hay duda de que Lincoln fue una personalidad compleja con muchos claroscuros. Pero las simpatías están escritas y bien definidas en sus discursos. Es más, los intensos debates que ocurrían en las izquierdas europeas se reproducían también en los círculos progresistas de EEUU. En realidad, la mayor influencia sobre Lincoln fue la de los socialistas utópicos alemanes, muchos de los cuales se refugiaron en Illinois huyendo de la represión europea.
El comunalismo que caracterizó a tales socialistas influenció la concepción democrática de Lincoln, interpretando democracia como la gobernanza de las instituciones políticas por parte del pueblo, en el cual las clases populares eran la mayoría. Su famoso dicho (que se ha convertido en el espléndido eslogan democrático más conocido en el mundo –Democracy for the people, of the people and by the people- claramente señala la imposibilidad de tener una democracia del pueblo y para el pueblo sin que sea realizada y llevada a cabo por el mismo pueblo. De ahí que viera la liberación de los esclavos y del mundo del trabajo como elementos esenciales de tal democratización. Su concepto de igualdad llevaba inevitablemente un conflicto con el dominio de tales instituciones políticas por el capital. Y la realidad existente hoy en EEUU y que detallo en mi artículo “Lo que no se ha dicho en los medios sobre las elecciones en EEUU” (Público, 13.11.12)es una prueba de ello. Hoy la Corporate Class controla las instituciones políticas de aquel país.

Últimas observaciones y un ruego

Repito que ninguna de estas realidades aparece en la película. Spielberg no es, después de todo, Pontecorvo, y el clima intelectual estadounidense todavía está estancado en la Guerra Fría que le empobrece intelectualmente. “Socialismo” continúa siendo una palabra mal vista en los círculos del establishment cultural de aquel país. Y en la tierra de Lincoln, aquel proyecto democrático que él soñó nunca se realizó debido a la enorme influencia del poder del capital sobre las instituciones democráticas, influencia que ha disminuido enormemente la expresión democrática en aquel país. Y la paradoja hiriente de la historia es que el Partido Republicano se haya convertido en el instrumento político más agresivo hoy existente al servicio del capital.

Por cierto, agradecería que todas las personas que encuentren este artículo interesante lo distribuyan ampliamente, incluyendo en su distribución a los críticos de cine, que en su promoción de la película, seguro que no dirán nada del otro Lincoln desconocido en su propio país (y en muchos otros, incluyendo España). A uno de los fundadores del movimiento revolucionario democrático ni siquiera se le reconoce como tal. Su emancipación de los esclavos es una gran victoria que hay que celebrar. Pero Lincoln fue incluso  más allá. Y de esto ni se habla.

martes, 18 de diciembre de 2012

Falsificadores de la historia: "Villa, asesino desquiciado"


Pedro Salmerón
@salme_villista

Para los falsificadores de nuestra historia Pancho Villa era un asesino sin ideología. Dice Villalpando: en cuanto a Villa, quizá en el fondo no tenía bandera ideológica y por eso fue tan popular: sólo destruía (Batallas por la historia, p. 327). Además, un demente, como dice Zunzunegui rizando el rizo de una ocurrencia de Enrique Krauze (quien la toma de algunos intelectuales que detestaban al centauro del Norte): Villa era maniaco-depresivo, o de plano bipolar. Pero lo que nos interesa es la lapidaria frase del mismo Zunzunegui (que podría ser de Catón, Pazos, Schettino o González de Alba): no hay ideología en Villa (La historia de una matanza por el poder, pp. 69-71). Sólo puede afirmarse eso absteniéndose de leer las pruebas aportadas por Friedrich Katz, Paco Ignacio Taibo II (o en mi libro La División del Norte).

Así como el Plan de Ayala es apenas la primera manifestación programática del agrarismo, también el programa revolucionario villista se fue construyendo sobre la marcha. Pero eso es común a todas las revoluciones: cuando se reunieron los Estados generales en Francia, en 1789, sus miembros no sabían que proclamarían la Declaración de los Derechos ni que proclamarían la República ni que degollarían a Luis Capeto... y así en todas.

Igual en el norte de México: los dirigentes agraristas y obreros, los campesinos sin tierra, los rancheros que exigían la devolución de recursos usurpados por las haciendas, los mineros que luchaban por condiciones laborales justas –y que juntos construyeron la División del Norte–, diseñaron su proyecto al calor de tres campañas guerrilleras. Proyecto que empezaron a llevar a cabo en diciembre de 1913, cuando ocuparon Chihuahua y los generales nombraron gobernador a Pancho Villa.

Tras resolver las necesidades más apremiantes de una población que estaba al borde de la hambruna, Villa publicó un documento de hondas repercusiones: el Decreto de confiscación de bienes de los enemigos de la Revolución, que entregaba al gobierno revolucionario las inmensas riquezas de la oligarquía agrupada en torno a los gobernadores porfiristas Terrazas y Creel. Desde ese momento, el gobierno villista administró cerca de 4 millones de hectáreas, fábricas y fundidoras que constituían el grueso de la riqueza del estado. Al triunfo de la causa, decía el decreto, una ley reglamentaria determinaría lo relativo a la distribución de esos bienes que, mientras, financiaron el aparato militar villista y su política social (escuelas, pensiones, reparto de carne y harina a los pobres, etcétera).

En el texto de ese decreto y en el sueño que por esos mismos días le contó Pancho al periodista John Reed, están las líneas del proyecto agrario del villismo, que habría de ser complementado por documentos posteriores que alcanzarían su expresión más acabada, luego de la confluencia del villismo con el zapatismo, en el Programa de reformas políticas-sociales de la Convención. La legislación villista daba forma al ideal de la pequeña propiedad agraria, productiva e independiente, como base de la riqueza del país, ideal constante en los clásicos del liberalismo mexicano.
Pero no se proyectaba repartir las tierras y dejar a los nuevos propietarios a su suerte, pues se creó el Banco del Estado, que debía otorgar créditos de avío a estos agricultores e impulsar las obras de irrigación y otras mejoras. El gobierno también se comprometía a construir escuelas en los núcleos rurales y dar vida a escuelas agrícolas y a laboratorios de experimentación. Según las leyes agrarias, las adjudicaciones de tierras no serían gratuitas, sino en módicos pagos, y la venta o enajenación de las tierras adjudicadas (como patrimonio familiar) encontraba innumerables obstáculos o prohibiciones.

Este programa agrario era uno de los dos pilares del proyecto villista. El otro era la democracia política. La democracia universal y directa, la restauración del orden constitucional, la división de poderes, el federalismo y la autonomía municipal, que conjuntaban tanto los ideales de Madero (muchos de cuyos colaboradores y parientes militaban en las filas villistas), como la vocación de autonomía pueblerina y democracia plebeya de los jefes populares del villismo, fueron los grandes temas articuladores de este ideal democrático, que por hoy sólo dejaremos así enunciado.

Posteriormente, en la confluencia con el zapatismo, se desarrolló y decantó lo relativo a la redistribución de la propiedad raíz y la restauración del orden constitucional, se añadieron proyectos sobre la conducción económica del Estado, el federalismo y el municipio libre; sobre las condiciones de vida de los obreros y el carácter del Estado como árbitro entre las clases.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

¿Cambió al país la Revolución mexicana? por @salme_villista


Pedro Salmerón Sanginés
@salme_villista

Indudablemente: en las tres décadas que siguen al fin de la lucha armada, México dejó de ser un país casi despoblado, con 72% de analfabetismo y 85% de población rural; un país exportador de materias primas baratas y e importador de bienes de producción y consuma caros; una semicolonia de las grandes potencias en que imperaban el privilegio, la desigualdad y
en el que había condiciones de trabajo cercanas a la verdadera esclavitud humana, para duplicar su población, abatir el analfabetismo, reducir de manera visible los abismos sociales y lanzar a México por la vía de la modernización capitalista. Sólo quienes no estudian los hechos concretos de la historia nacional, los números y las estadísticas, pueden seguir afirmando que se revolucionó todo para no cambiar nada, o peor aún, que México perdió 75 años.

El primer resultado, el primer impulsor de otros cambios fue el reparto agrario: entre 1915 y 1934 los gobiernos de los vencedores de la Revolución entregaron a los campesinos entre siete y medio y diez millones de hectáreas, casi siempre en respuesta a presiones de los campesinos organizados, en una reforma agraria tibia y parcial, que entregó a los campesinos parcelas demasiado pequeñas (en promedio nueve hectáreas por cabeza) y avanzó muy poco en la creación de infraestructura de apoyo a los ejidos. Pero entre 1935 y 1939 se repartieron más de 18,000 millones de hectáreas a poco más de un millón de jefes de familia. El reparto agrario sacó de la pobreza y el trabajo servil a casi todas las familias del campo y de inmediato se vieron sus frutos en el aumento palpable, espectacular incluso, de la producción agrícola.

Aunque gobiernos posteriores detuvieron el reparto de tierras y abandonaron al ejido a su suerte, el reparto cardenista alteró profundamente las relaciones sociales en el campo y tuvo un impacto directo en el crecimiento exponencial de la producción agrícola y del consumo popular, reduciéndose de manera drástica y significativa los índices de miseria y desnutrición en el campo mexicano. El crecimiento de la producción agrícola y de la población permitió a su vez la transferencia creciente de recursos y mano de obra del campo a la ciudad, lo que a su vez permitió la acelerada industrialización y modernización de México e índices de crecimiento sostenido de la economía que llegaron a rebasar el 6% anual. Treinta años después del reparto agrario cardenista, México era un país moderno, industrial y urbano; desigual y atado al furgón norteamericano; con un sistema política de eficacia y disciplina porfirianos; y no más el país rural, despoblado, desnutrido y analfabeto de la revolución. Nuevos problemas y nuevos desafíos llamaban a la puerta de ese país, de sus balcones luminosos y sus sótanos oscuros.

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martes, 4 de septiembre de 2012

Falsificadores de la historia: cuando los mexicanos ganan guerras

Pedro Salmerón/BDI.
@salme_villista

Aunque a los falsificadores de nuestra historia no les guste, la jornada del 5 de mayo de 1862 fue una victoria. Algunos aceptan que esa "escaramuza" se medio ganó (¿?), pero que la guerra se perdió, como dicen Catón, Zunzunegui o Schettino, quienes quizá viven en un imaginario protectorado francés o son súbditos de un emperador.

Podemos saber quién ganó una guerra revisando los objetivos de los contendientes. Los de los franceses pueden leerse en las instrucciones de su emperador al jefe militar de los invasores. Ahí queda claro que pretendían construir un protectorado para sostener sus colonias en las Antillas y Sudamérica y conseguir que el posible paso interoceánico del istmo de Tehuantepec quedara bajo control francés. Se quería extender la influencia francesa a América para crear "inmensos mercados", donde se procurarían "las materias indispensables" para la economía francesa. Es decir, se trataba de extender a América el imperio francés mediante la imposición de un protectorado, en donde reinaría el príncipe austriaco Maximiliano de Habsburgo.

El presidente Juárez plasmó con igual claridad las razones de la resistencia: "Proclamar como lo hacen nuestros agresores, que no hacen la guerra al país sino a su actual gobierno, es repetir la vana declaración de cuantos emprenden una guerra ofensiva y atentatoria; y por otra parte, bien claro está que se ultraja a un pueblo cuando se ataca a un poder que él mismo se ha elevado y quiere sostener". Se trataba, pues, de la defensa de la soberanía, en un país pobre que había sido amenazado y agredido por cuatro potencias desde el inicio de su vida independiente.

Es decir: los franceses querían imponer un protectorado con un príncipe austriaco. La República, mantener ese modelo de gobierno y la soberanía nacional. ¿Qué fue lo que ocurrió? ¿Nos regimos por instituciones republicanas o nos gobierna una dinastía austriaca? ¿Quién ganó la guerra, entonces?
El 5 de mayo ganó un año para el país. Un año después, otra vez en Puebla, se enfrentaron 35 mil franceses contra 29 mil mexicanos en una batalla que duró 62 días. La heroica defensa de Puebla, que suscitó admiración de propios y extraños, fue ferozmente criticada con criterios antihistóricos, medio siglo después, por Francisco Bulnes, y esa crítica es plagiada por Zunzunegui y Catón, quien en Juárez y Maximiliano afirma que Juárez fue "soberanamente idiota" (p. 258) y llama al comandante mexicano, general González Ortega, "cobarde" y "torpe" (pp. 262-263).

A la caída de Puebla siguió la evacuación de la capital (13 meses después del 5 de mayo se ocupó la capital, y harían falta varios meses más para ocupar Guadalajara y San Luis Potosí: esos son los "pocos días" de la desfachatez de Schettino). El secreto de la resistencia fue contado por Benito Juárez en 1870: "La lucha guerrillera es la única guerra de defensa real, la única efectiva contra un invasor victorioso. Hostigando al enemigo de día y de noche, exterminando a sus hombres, aislando y destruyendo sus convoyes, no dándole ni reposo, ni sueño, ni provisiones, ni municiones; desgastándolo poco a poco. Esa es, como sabe usted, la historia de la liberación de México".

Porque los franceses, tras perder 11 mil hombres y gastar 135 millones, salieron incondicionalmente de nuestro territorio. Sin embargo, a pesar de ello, los falsificadores aseguran que la guerra se perdió, para contradecirse luego, pues como no se puede tapar con un dedo el sol de la victoria, tienen que decir –Catón no dice otra cosa– que la victoria se debió a la injerencia estadunidense.

Una vez más, falsifican la historia. Aunque en toda guerra moderna los contendientes buscan aliados externos, Juárez rechazó cualquier intervención estadunidense. En las cartas intercambiadas entre Napoleón III y los generales franceses, los temas centrales de la retirada francesa son la incapacidad de Maximiliano para consolidar su imperio y la irreductible resistencia republicana. Además, en el bando de Maximiliano no sólo estuvieron 50 mil franceses: también combatieron la Legión Belga y la Austriaca y tuvo el respaldo político-ideológico de Roma y la Iglesia católica.

La victoria obtenida en los campos de batalla, el fusilamiento de Maximiliano de Habsburgo y los generales Miramón y Mejía, el restablecimiento de la República, permitió que tras 40 años de guerras, bancarrota, agresiones extranjeras y mutilaciones territoriales, México adquiriera por fin el derecho a llamarse una nación. Nunca más se pondría en tela de juicio la soberanía nacional. Nunca más se discutiría el lugar de México en el concierto de las naciones.

psalme@yahoo.com

sábado, 25 de agosto de 2012

Notas para entender a Juárez (Parte 3)


Pedro Salmerón
@salme_villista

La amenaza extranjera:

La segunda mitad de 1859 fue casi mortal para la República. Las leyes de Reforma exacerbaron las pasiones y recrudecieron la guerra civil. Los conservadores se empeñaron en acentuar el carácter religioso de su lucha denunciando las propias leyes y algunos hechos concretos de los liberales, que para los conservadores eran sacrílegos, como el que los gobernadores de Zacatecas y Michoacán, Jesús González Ortega y Epitacio Huerta, tomaran la plata de los templos para armar a sus ejércitos.

Desde el inicio de la guerra civil, en enero de 1858, los conservadores ganaban batallas, pero no había indicios de solución militar del problema por ninguno de los dos bandos, que se desangraban mutuamente. Sin embargo, los efectos de las Leyes de Reforma (julio de 1859) golpearon a los conservadores, que empezaron a quedarse sin fuentes de ingresos, por lo que pusieron nuevos elementos en la balanza.

El ministro del gobierno conservador ante el emperador de los franceses, general Juan N. Almonte, firmó con el embajador español, Alejandro Mon, un tratado que, entre otras cosas, implicaba una amenaza inmediata para el gobierno liberal, el cual lo denunció en seguida. Mediante el Tratado Mon-Almonte, España se metía en la cuestión mexicana. Para complementar, los diplomáticos conservadores trataban de granjearse el reconocimiento y la amistad del emperador de los franceses, quien también tenía intereses particulares en México.

Al mismo tiempo apareció una amenaza aún más grave, porque quien la pronunciaba era más fuerte que la corona española y porque su amenaza era más inmediata que la del emperador de los franceses: en diciembre de 1859 el presidente de los Estados Unidos, James Buchanan, se dirigió al Congreso de su país, diciendo que las reclamaciones de ciudadanos estadunidenses contra México eran justas y estaban creciendo a causa de la anarquía que reinaba en nuestro país; decía también que la política de Estados Unidos rechazaba cualquier intervención europea en América. Por tanto, para evitar la intervención europea y para cobrar los agravios infligidos a ciudadanos estadunidenses, Buchanan pedía al Congreso “que dicte una ley autorizando al Presidente, bajo las condiciones que parezcan más convenientes, para que emplee una fuerza militar suficiente para invadir México con el propósito de obtener indemnización por lo pasado y seguridad para lo futuro”.

Buchanan pertenecía al partido esclavista y hacía poco se había roto el equilibrio entre esclavistas y antiesclavistas en el senado estadunidense en favor de estos últimos, por lo que reaparecía la amenaza de los sureños de acrecentar su territorio a costa de México, dirigiendo su ambición, principalmente, a Sonora y Sinaloa. Y más allá de favorecer a un partido, Buchanan trataba de fortalecer la presencia de Estados Unidos en América Latina, por lo que tenía el respaldo de numerosos políticos y no únicamente de los esclavistas. Esa agresiva posición mostraba que las potencias podían hablar de México como un objeto o un botín, que aún no era el nuestro un Estado nacional de soberanía respetada e indiscutible.

Todas esas noticias llegaban a Veracruz al mismo tiempo que los informes sobre la terrible derrota de los liberales en la batalla de Estancia de Vacas, lo que dejó a Miramón con las manos libres para atacar Veracruz, por tierra y mar, pues el todavía invicto caudillo conservador gestionaba en La Habana, gracias a su nueva amistad con la corona española, la adquisición de unos barcos para bloquear desde el mar el puerto jarocho.

De esa manera, la amenaza inminente del enemigo interior, apoyado por España, se conjuntaba con la amenaza del enemigo extranjero. Juárez y sus colaboradores sintieron, como 13 años atrás, al ejército estadunidense a las puertas de México. En ese momento regresó de una comisión diplomática en los Estados Unidos Miguel Lerdo de Tejada, quien, unido a José María Mata, estudioso de la historia y la política de aquel país, sugirió, como única salvación posible, acercarse al gobierno de Buchanan.

El acuerdo con ese gobierno era, pues, obligatorio para el gobierno de Juárez. No buscarlo implicaba el suicidio no sólo del partido liberal, sino el de la patria. Firmar un acuerdo era quitarle a Buchanan los pretextos que esgrimía, según los cuales la anarquía en México causaba daños a intereses y vidas estadunidenses: se tenía que buscar un acuerdo y prometer que cesaría la anarquía, haciendo cesiones y concesiones que salvaran quizá no el honor, pero sí la nación.

jueves, 23 de agosto de 2012

Los panistas son de otro país

Pedro Salmerón/El Buzón.
@salme_villista

Los panistas vienen de otro país. Un país donde Iturbide es el padre de la patria y donde los curas y militares que lo acompañaban, los equivalentes de los padres fundadores. Un país en el que los únicos proyectos constructivos en el siglo XIX fueron los de Lucas Alamán y Porfirio Díaz y en el que Juárez fue un traidor a la patria y los liberales, vendidos a los gringos, trataron de imponer ideas exóticas y ajenas a nuestra idiosincrasia como la de la soberanía popular y la democracia universal que, afortunadamente, Díaz pudo dejar en letra muerta.

A los panistas aún les duelen el cerro de las Campanas y el Ypiranga (en sus dos versiones: cuando se llevó a Díaz a morir de demencia senil; y cuando se llevo a Huerta a morir de cirrosis); todavía tienen pesadillas con las hordas villistas expropiando haciendas y las hordas zapatistas repartiendo tierras. Todavía odian a Cárdenas y siguen diciendo que el General “repartió la tierra que no era suya” y “arruinó el campo”.

Para los panistas, “los indios son flojos”, los campesinos “no saben trabajar”, el populacho necesita una dirección enérgica y mano dura. Para los panistas, ser mexicano es ser católico, en la acepción del arzobispo (cualquiera: lo mismo da Pelagio Antonio de Labastida que Norberto Rivera) y prefieren canonizar a los “mártires” cristeros (nomás les falta León Toral) que a los Bartolomé de las casas o los Vasco de Quiroga.

Para los panistas, el país lleva el rumbo correcto: el “presidente” conduce con valor ejemplar una guerra “justa” y corrige el rumbo económico y social de la nación. Por fin ha terminado de abandonar los absurdos esquemas que priorizan la educación pública y el Estado laico y quieren que, por lo pronto, sumemos seis a los doce años que llevamos.

Y los priístas de hoy están igual o peor: han traicionado lo bueno que alguna vez tuvieron, han vuelto totalmente la espalda a Juárez y a Zapata y hoy dicen –los he oído- igual que los panistas, que los indios son flojos y que en este país hacen falta palo largo y mano dura. Hoy reforman el artículo 24 al gusto del arzobispo-cardenal y a Pemex a gusto de los panistas –y del imperio-. Hoy, nos quieren imponer a un presidente que estudió (es un decir) en lo peor de la tradición panista (la universidad del Opuss Dei) y comparte con ellos su desprecio por la mujer, su odio por lo distinto, su anhelo por un México “homogéneo” y atado al furgón estadounidense…

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Notas relacionadas:
Falsificadores de la Historia de México III (El Buzón).

miércoles, 22 de agosto de 2012

El Juarismo y las Circunstancias Actuales: Pedro Salmerón



http://youtu.be/1NMuWz7RRdg

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Por esto y mucho mas es un honor estar con Obrador y luchar por la nación.

Notas para entender a Juárez (Parte 2)


Pedro Salmerón
@salme_villista

En 1858, cuando empezó la guerra de reforma, la joven nación mexicana había ensayado distintas formas de gobierno y parecía haberse equivocado en todas. Fracasaron la monarquía moderada; la República democrática, representativa, popular y federal; la República centralista de democracia selectiva y la dictadura militar. Tres constituciones y varias reformas a las mismas habían decepcionado las esperanzas que la nación había puesto en ellas, y una cuarta y recientísima constitución provocó la guerra civil. Cuatro ejércitos extranjeros habían pisado en diversos momentos el territorio nacional y en esas guerras se había perdido la mitad del territorio nacional sin que, a cambio de las derrotas, se construyera entre los habitantes el sentimiento de nación. La República estuvo más de una vez en riesgo de fragmentarse, como había ocurrido con Centroamérica y con la Gran Colombia y, la gente humilde se había amotinado o rebelado repetidas veces, empujada por el hambre y la desesperación. Algunas de estas rebeliones mostraban claramente que ninguno de los intentos por constituir a la nación había tomado en cuenta a su mitad indígena.

Pero en realidad, a pesar de tantos cambios aparentes, la vida nacional seguía amarrada a las instituciones y las formas de hacer política heredadas de la crisis y el colapso del imperio español. No a las instituciones de la época colonial propiamente dichas, sino a sus viciosas deformaciones que resultaron de años de guerras externas e internas y sucesivas crisis políticas y bancarrotas. Desde 1821 el cuartelazo fue el mecanismo usual mediante el cual los altos mandos del ejército controlaban la vida pública nacional y ponían y quitaban presidentes; un ejército cuyos mandos habían pertenecido, casi todos, al ejército realista que destruyó los ejércitos populares de Hidalgo y Morelos y encabezó la contrarrevolución política que nos dio la Independencia en 1821; un ejército que había sido incapaz de retener Texas ni de ganar una sola batalla frontal contra los invasores estadounidenses, pero siempre listo para el cuartelazo y eficaz en el combate a las rebeliones indígenas. Los jefes del ejército, que se habían enriquecido medrando con la guerra y la política, sólo habían dejado el poder por brevísimos periodos, aunque justamente en 1858 un presidente civil desafiaba sus privilegios.

Si la política estaba controlada por el ejército, otra institución colmada de fueros y privilegios, controlaba aspectos fundamentales de la vida pública y la cuarta o quinta parte de la riqueza nacional: la Iglesia. A partir de 1804 las crisis económicas causaron que parte importante de la riqueza pasara de los particulares a una Iglesia agiotista que funcionaba -mal- como banco de crédito y avío; y la Independencia había eliminado la tradicional sujeción de la Iglesia al poder público (a la corona española), convirtiéndola en un auténtico poder por fuera de los intentos por constituir el Estrado. La Iglesia controlaba las conciencias a través del monopolio de la educación primaria y superior. La Iglesia controlaba las estadísticas vitales: uno sólo podía nacer, casarse y morir en el seno de la Iglesia y no tenía más constancia de su existencia, de sus apellidos, de su lugar y fecha de nacimiento, que la fe de bautizo. A través del control de las estadísticas, la Iglesia controlaba también los procesos electorales, pues únicamente los párrocos sabían quiénes eran mayores de edad y quiénes vivían en cada barrio, por lo que los comicios se realizaban en las parroquias. La Iglesia, en fin, recibía los diezmos y donaciones, única recaudación segura en un país sin estructura fiscal, en una nación casi sin Estado. Con tanto poder material acumulado el poder espiritual de la Iglesia se deformaba: la jerarquía exigía que las políticas públicas se trazaran siguiendo sus instrucciones, tutelando a los militares que ejercían nominalmente el poder.

En enero de 1858 inició una guerra civil que enfrentó dos formas contrapuestas de entender los problemas de México. Dos gobiernos uno en la capital del país y otro que tras transitar por varios lugares se estableció en el puerto de Veracruz, levantaban ejércitos que se enfrentaban entre sí. Los hombres que formaban el gobierno de Veracruz, encabezados por Benito Juárez, habían comprendido que sería imposible construir un Estado, modernizar la política e impulsar el sentimiento de nación, mientras la Iglesia y el Ejército controlaran la vida nacional, por lo que decidieron acabar con sus poderes extraordinarios, convirtiendo a ambas instituciones en lo que debían ser: la Iglesia atenta a su misión espiritual; el Ejército, constreñido a la defensa de la soberanía nacional. Pero no enfrentaban únicamente esos dos grandes problemas: también la tradicional y permanente amenaza de las potencias europeas y de los Estados Unidos, para quienes México sólo era botín.

Notas para comprender a Juárez (Parte 1)


Pedro Salmerón
@salme_villista


 Es fácil descalificar a los hombres del pasado cuando se cree que las cosas eran entonces igual que ahora, el país el mismo, la situción, los principios, las ideas, las que nosotros poseemos. Hay mexicanos que leen así la histopria y ven en la época de Juárez una continua traición a la patria y a en los hombres de entonces, meros títeres o personeros de una conspiración mundial. Como yo veo que México existe y veo que existe a pesar de las bases tan endebles con las que surgió, entiendo otra cosa. Los invito a que me acompañen en una revisión de esas bases.


Los Iturbidistas ven el mapa del Imperio y suspiran por la gloria perdida. Creen, como los criollos del siglo XVIII, como los que leyeron mal a Humboldt, que la Nueva España, devenida en Imperio Mexicano, tenía todas las cartas para convertirse en la gran potencia continental y que la caída del emperador y los posteriores gobiernos, nos sumieron en la ignominia. El primer problema suyo es que no ven bien el mapa: miran California y piensan en la viña y el pomar y hasta en Hollywood; miran Texas y ven millones de vacas y de barriles de petróleo y no lo que entonces eran: desiertos. Olvidan algunas claves, como la de un país con una densidad de población inferior a los dos habitantes por kilómetro cuadrado. Creen que Iturbide podría haberlo hecho mejor que quienes lo sucedieron y olvidan la facilidad con la que cayó del poder, olvidan la fragilidad pasmosa de su poder, la inexistencia del Estado.


En 1848, tras una guerra desastrosa, México tuvo que entregar a los Estados Unidos dos millones de kilómetros cuadrados, pero se quedó prácticamente con los mismos ocho millones de habitantes de antes de la guerra, pues los territorios perdidos estaban casi deshabitados, lo mismo que buena parte de los que se conservaron: era bajísima la densidad de población en todo el norte y en todo el trópico: cinco de los ocho millones vivían en el altiplano central. El 90% de la población vivía en aldehuelas y ranchos y sólo el 10% se apretujaba en 25 pequeñas ciudades. La esperanza de vida era de 24 años y si bien la tasa de natalidad era de 40 por millar al año, la mortalidad infantil era tan alta que la población no crecía. Las epidemias hacían inhabitables los trópicos y diezmabas a la gente de la ciudad.


En 37 años de vida independiente, las esperanzas de los criollos de convertir a México en la nación más rica, próspera e igualitaria del mundo, eran cada vez más irrealizables. Habían menguado la fuerza y la fortuna de la sociedad, y se acentuaba la desigualdad. En las ciudades, fuera de pequeños grupos de mineros, mercaderes y comerciantes, un clero poseedor de muchos bienes inmuebles y agiotista, que acaparaba la quinta parte de la riqueza nacional, y una reducida clase media, la gente vivía en la pobreza, la suciedad y la ignorancia, entre robos y cuchilladas, en la holgazanería del que no tiene trabajo ni esperanzas.


En el campo, la gran masa del pueblo empobrecido se encerraba en multitud de pequeñas aldeas aisladas, en endebles y restringidas economías de autoconsumo. La vida rural era el vivo retrato del infortunio: dentro de ese país pobre y dividido, la peor parte la llevaban los campesinos, que formaban el 80% de la población. La agricultura, sin tecnología moderna, sin riego ni abonos, sujeta a la inestable temporada de lluvias, satisfacía las necesidades elementales: maíz, frijol y chile eran los cultivos principales; caña de azúcar, café y tabaco para los gustos de los ricos; maguey para las bebidas. Sólo algunas haciendas, con mano de obra sobreexplotada, producían algodón, añil y vainilla para un mercado más amplio. No había forma de capitalizar el campo, de mejorar sus condiciones; no había tampoco vías de comunicación para vender los productos de la tierra lejos de su lugar de origen.


Muchas de las numerosas naciones indígenas eran nómadas o seminómadas, dedicadas parcialmente a la agricultura, con los métodos más primitivos que puedan imaginarse. Algunos de estos grupos, como los apaches y los comanches, tenían asoladas y casi despobladas grandes extensiones de los estados de Sonora, Chihuahua y Coahuila, y amenazaban todo el norte.


La modernidad tecnológica sólo había llegado a algunas minas y manufacturas. Aunque la producción minera se triplicó entre 1821 y 1850, aún no alcanzaba los niveles de 1808, cuando a causa de las guerras europeas y de crisis internas, inició un rápido declive de la producción de plata, que durante tres siglos fue casi nuestro único producto de exportación. El comercio exterior era la rama más vigorosa de la economía, pero la venta de minerales preciosos y la compra de artículos suntuarios no aprovechaban a la nación. El comercio interno era casi nulo, pues no había una sola vía natural de comunicación y los caminos, escasos y malos, estaban infestados de bandidos. Los costos y riesgos de trasladarse de una parte a otra habían reducido el comercio a su mínima expresión. Todavía las elites creían que México era potencialmente rico, pero lo cierto es que se producía muy poco y que el escaso producto estaba muy mal distribuido.


Los grupos privilegiados aspiraban a concentrar en sus manos toda la riqueza, y las haciendas crecieron en detrimento de las tierras de los pueblos y de las comunidades, lo que generó inconformidades y resistencias que, a partir de la derrota en la guerra contra los Estados Unidos, se tradujeron en las formidables rebeliones indígenas de Yucatán, Sierra Gorda y Nayarit. Pero esta hambre de tierras y bienes, común a las elites y a las clases medias, se traducía también en la presión para que salieran al mercado las vastas propiedades de la Iglesia, además de las tierras del Estado, de los pueblos y de las comunidades.


La pobreza de la producción no era sólo resultado de la mala organización social: tenía sus raíces en la geografía. México estaba aislado del resto del mundo. Los dos océanos no representaban para nuestro país las magníficas vías de comunicación que eran para otros, pues los puertos eran pocos, malos y separados de la parte habitada del territorio por regiones insalubres y abruptas serranías. La frontera sur no nos acercaba al mundo y la nueva frontera norte era un desierto deshabitado, asolado por los apaches y los comanches.


La tierra agrícola era poca y mala. Más de la mitad del territorio nacional es montañoso y las serranías no sólo dificultaban la agricultura y la ganadería, también eran un obstáculo enorme para las comunicaciones y la creación de mercados. A las montañas hay que sumar los desiertos y semidesiertos. México está ubicado a lo largo del trópico de Cáncer y buena parte de nuestro territorio se encuentra en la franja geográfica de los grandes desiertos del hemisferio norte. Debido a esa situación, el 43% del territorio nacional está constituido por zonas áridas y el 34% por regiones semiáridas, en donde, para levantar cosechas, se depende del riego o de un régimen de lluvias irregular. Muchas de las tierras con agua suficiente eran improductivas e inhabitables a mediados del siglo XIX, por ser extremadamente insalubres.


El principal factor limitante de la agricultura en México es la falta de agua. Los ríos son escasos, irregulares, de cortos y pronunciados recorridos y de muy difícil aprovechamiento en su estado natural, por lo que a mediados del siglo XIX prácticamente no había en México tierras de riego. Toda la gran plataforma continental, que comprende la planicie septentrional o mexicana, la planicie meridional o del Anáhuac y la depresión del Balsas, que abarcan más de la mitad del territorio nacional y en donde se concentraba casi toda la población, carece de un abastecimiento de agua suficiente.


Ese país pobre, rural, aislado, con una población analfabeta y sin sentimiento de nación, fue el que encontraron Juárez y sus compañeros cuando en enero de 1858 se pusieron nominalmente al frente del gobierno.

sábado, 18 de agosto de 2012

Falsificadores de la historia: cuando los mexicanos ganan batallas


Pedro Salmerón Sanginés/La Jornada.

En la anterior entrega dijimos que por odio a Juárez y al liberalismo, los falsificadores Macario Schettino, Catón y Zunzunegui inventaron que la batalla del 5 de mayo no se ganó, o que fue una escaramuza sin importancia que se ganó gracias a las torpezas de los franceses; una escaramuza sin importancia en una guerra que se perdió en el campo de batalla; una guerra que terminó cuando los franceses se retiraron por las presiones de Estados Unidos y Prusia.

Antes de mostrar la falacia de sus argumentos, es necesario recordar algunas cosas obvias para los historiadores, pero desconocidas totalmente por los falsificadores: una batalla es un hecho de armas que obedece a las unidades dramáticas de tiempo, lugar y acción; mientras que una guerra –según el mariscal Montgomery, que algo sabía del tema– "es un conflicto prolongado entre grupos políticos rivales mediante la fuerza de las armas", lo que quiere decir que Montgomery participaba del paradigma de Clausewitz, según el cual la guerra es eminentemente un acto político para imponer nuestra voluntad al enemigo. Ese pensamiento sobre la guerra y la batalla llevó a las concepciones de la guerra total; de la batalla "como única actividad realmente bélica"; de la destrucción del enemigo como objetivo verdadero de la guerra sólo alcanzable mediante las grandes batallas, y otras ideas cuya adopción por los estadistas europeos fue de efectos devastadores, pero que en 1862 nadie discutía en el mundo occidental.

De esa forma de entender y de hacer la guerra se desprende que ningún Estado moderno haya librado guerra ninguna sin enemigos internos o "traidores", máxime en aquellas que mezclan lo "ideológico" con lo "nacional". En toda guerra moderna, civil o extranjera, los contendientes buscan el apoyo de otras potencias, de modo que nuestros falsificadores reprochan a Juárez lo que no se reprocha en sus países a Washington, Napoleón, Bolívar, Churchill o De Gaulle... ni, por supuesto, los héroes de estos "desmitificadores": Maximiliano y Miramón.

Sentado lo anterior, hagamos un ejercicio de lógica elemental. Gana una batalla, gana una guerra, quien logra lo que se propuso. Hoy nos limitaremos a la batalla del 5 de mayo, en la que los objetivos de los franceses quedan perfectamente claros en el párrafo de una carta del general Lorencez, jefe de la expedición:

"Somos tan superiores a los mexicanos en organización, disciplina, raza, moral y refinamiento de sensibilidades, que le ruego anunciarle a su majestad imperial, Napoleón III, que a partir de este momento y al mando de nuestros 6 mil valientes soldados, ya soy dueño de México".

En efecto, los invasores que, como veremos en la siguiente entrega, buscaban hacer de México un protectorado francés, creían que esa pequeña fuerza expedicionaria bastaba para llegar a la capital de la República e imponernos el gobierno y las obligaciones internacionales que nos habían preparado. El obstáculo que se interponía en su camino era el ejército que mandaba el general Ignacio Zaragoza, y los franceses daban por descontado que lo barrerían del mapa. De haberlo hecho así, los recordaríamos hoy como los vencedores de aquella batalla.

¿Qué se proponía, a su vez, el comandante mexicano? Detener el avance francés para permitir que se reuniera la Guardia Nacional. No permitir que 6 mil soldados extranjeros llegaran a la capital de la República. Ese era el plan de Zaragoza tras la evaluación de sus posibilidades y los elementos de guerra a su disposición.

La batalla del 5 de mayo, en la que 6 mil franceses intentaron tomar a viva fuerza los pequeños fuertes de Loreto y Guadalupe, y poco menos de 5 mil mexicanos estaban dispuestos a impedirlo, duró cuatro horas y consistió en tres ataques frontales de los franceses, rechazados por los nuestros, y un contrataque al pie del cerro que terminó con las posibilidades ofensivas de los invasores, que se retiraron hacia Orizaba. ¿Que la batalla se ganó por los errores del enemigo, como insisten hasta la saciedad nuestros falsificadores? En parte, por supuesto: como Austerlitz, Stalingrado o casi cualquiera otra.

Los efectos de la batalla fueron enormes, pues cambiaron mucho la opinión mundial sobre México y la Intervención. En nuestro país, multitudes acogieron la noticia con delirante entusiasmo en las plazas públicas. La pequeña acción de armas del 5 de mayo parecía probar lo que Juárez afirmaba: México existía y era una nación soberana.

Falsificadores de la historia. La derrota del 5 de mayo

Pedro Salmerón Sanginés/La Jornada.


Aunque intenté no enterarme, me contaron que los festejos de la batalla del 5 de mayo fueron casi tan frívolos, onerosos e insustanciales como los que organizó el gobierno federal en 2010. El gobierno poblano desperdició una excelente oportunidad de corregir el rumbo, pero, en lugar de ello, prefirió seguir la pauta marcada por José Manuel Villalpando en materia de desmemoria y despilfarro. En consecuencia, se gastaron millones de pesos y nadie supo para qué se libró la batalla del 5 de mayo.

Una semana después de los festejos, Gaby y yo llevamos a mis alumnos del ITAM a Puebla y la visita de Loreto y Guadalupe confirmó lo anterior. Guadalupe ni siquiera puede visitarse, pues las obras de conservación (espero que no de remodelación) no se terminaron a tiempo, aunque no con el retraso de la Estela de Luz. Escondiendo los fuertes, juegos mecánicos, centros de convenciones, miradores inconclusos, el despilfarro y los excesos del ex gobernador horroroso, Mario Marín.

Tanto el festejo como la situación de los fuertes y del museo de Loreto, perdidos entre obras de ocasión, son muestra, quizá, que las mentiras de los "desmitificadores" han calado hondo: gracias a ellos, demasiados mexicanos piensan que la batalla del 5 de mayo fue una escaramuza sin importancia que se ganó gracias a las torpezas de los franceses; una escaramuza sin importancia en una guerra que se perdió en el campo de batalla; una guerra que terminó cuando los franceses se retiraron por las presiones de Estados Unidos y Prusia.

¿Cómo lo argumentan? Armando Fuentes Aguirre, Catón, que odia irracionalmente a Juárez, no escatima la victoria del 5 de mayo, aunque luego agrega una de las falsedades que dispensa a razón de tres por página: "Aquella fue una espléndida victoria, la única que en el campo de batalla hemos obtenido luchando contra un enemigo extranjero" (Juárez y Maximiliano, p. 212). Fuera de eso, todo en Juárez y el partido liberal son vilezas y traiciones en una guerra que para su exclusivo beneficio ganaron los gringos (sí, los gringos: son tan poderosos en el cerebro de Catón que ganan hasta cuando no se aparecen).

No deja de ser paradójico el menosprecio de esa victoria en aquellos "desmitificadores" que repiten sistemáticamente que a los mexicanos nos encantan las derrotas. Pero hete aquí que somos victoriosos en una guerra extranjera... y tampoco les gusta. Algunos simplemente omiten el tema, como González de Alba, quien ilustra su odio a Juárez con una lectura sesgada del Tratado MacLane-Ocampo y de ahí se salta hasta la revolución (Las mentiras de mis maestros, pp. 62-67).

Zunzunegui siempre nos regala perlas: en su página web un articulito plagado de mentiras ("Las tres batallas de Puebla") concluye: "Nada ganamos los mexicanos el 5 de mayo de 1862 en Puebla, nada absolutamente; un efímero laurel que, debido a la desunión del pueblo, no cristalizó y se convirtió en derrota y conquista".

No está de más señalar que dicha página es una red para pescar incautos y venderles –muy caros– sus "diplomados en línea" (algunos de ellos en el Instituto Cultural Helénico). Ahí sólo regurgita sus libros: en El héroe y el villano (p.81) dice lo mismo del 5 de mayo, con un añadido. Según él, un “moribundo Zaragoza, desde su tienda de campaña, dirigió una batalla que en realidad fue comandada en el campo por Porfirio Díaz”. Díaz tiene méritos militares suficientes para que sus idólatras tengan que atribuirle otros... pero de Díaz hablaremos luego.

De lujo, otro connotado falsificador, del que ya nos ocuparemos. El 11 de septiembre de 2008 Macario Schettino escribió en El Universal: “Celebramos el 5 de mayo de 1862, la batalla de Puebla en que Zaragoza derrotó a los franceses... que pocos días después tomaron control de prácticamente todo el territorio nacional” (las cursivas, que son mías, revelan la total falta de seriedad de tan famoso analista).

Podría seguir sumando, pero basta con esos ejemplos. Hay que señalar, además, que detrás de las tajantes afirmaciones de nuestros falsificadores, únicamente hay humo: ningún sustento documental, tres o cuatro libros más leídos, sólo ideología, como hemos mostrado (jornada.unam.mx/2008/12/21/sem-pedro.html).

¿De dónde el afán por borrar la victoria del 5 de mayo? Del odio a Juárez y al liberalismo. Ya mostraremos la irracionalidad de ese odio. Pero antes, si me lo permite el lector, mostraremos en las siguientes entregas quién ganó en realidad el 5 de mayo y quién la guerra de Intervención.

Falsificadores de la historia. Del amor a la tierra

Pedro Salmerón Sanginés/La Jornada.

A principios de febrero volamos a Torreón para visitar los lugares descritos por John Reed en México insurgente, como trabajo preparatorio para un documental sobre el primer gran reportero de guerra del siglo XX. En las ciudades de La Laguna tuvimos algunas reuniones en las que escuché frases como "Cárdenas repartió tierra que no era suya", "los campesinos no saben ni quieren trabajar", "el campo es pobre porque Cárdenas repartió la tierra" y otros argumentos que parecían sacados de los libros de Macario Schettino, Francisco Martín Moreno, Villalpando o Zunzúnegui, dichas bajo carteles de Peña Nieto o retratos de Felipe Calderón.

Dos días después nos hicimos a los caminos de Durango. Vimos el amanecer desde el puerto de La Cadena, donde John Reed montó guardia más de una vez con "los cinco mosqueteros", vigilando a los huertistas de guarnición en Mapimí. Luego avanzamos por la misma reseca y amarillenta llanura que hace 99 años recorrió "el gringo" o Juanito, como lo llamaba cariñosamente Pancho Villa.

Unas horas después llegamos a Santo Domingo, pueblo cuya entrada ni siquiera está señalada. Mientras Leo Monterrubio tomaba fotos, medía la luz e imaginaba cámaras y espacios, el profe Alvarado leí a cuatro hombres la descripción que John Reed hacía de aquel mismo pueblo y de su gente. Escucharon con atención y exigieron el libro. Cuando se los obsequiamos soltaron la lengua. Nos enseñaron el ojo de agua y el arroyo donde las campesinas lavaban ropa en aquel pueblo paupérrimo en el que, sin embargo, los villistas en derrota encontraron comida y cobijo y John Reed el calor del lecho de Isabel. Y encontramos también el amor a la tierra. Los tres campesinos de ojos claros y rostros curtidos bajo los blancos sombreros, y el profesor normalista que tras jubilarse retornó a su pueblo natal y nos miraba desde atrás de sus lentes bifocales, nos invitaron a la tradicional cabalgata anual del 24 de febrero. "¿Qué celebran?", les pregunté, suponiendo que no el día oficioso del lábaro patrio. "El reparto agrario", dijo el bigotudo que floreaba la mangana. "Cuando Cárdenas nos dio la tierra", dijo el gordo de chamarra de borrega, vicepresidente del comisariado ejidal. "El decreto que nos regresó las tierras que disputábamos a la hacienda de La Zarca", precisó el profesor.

Mientras el pozo siga dando agua, los campesinos seguirán trabajando esas tierras que son suyas; seguirán sintiéndose campesinos y seguirán honrando la memoria de los dos hombres cuyos retratos engalanan la casa del profesor, que nos invitó a desayunar unos huevos de granja con frijoles de la olla: Francisco Villa y Lázaro Cárdenas.

Salimos de aquel pueblo y continuamos por la árida meseta, hasta llegar a la que fue una de las principales haciendas de la región, recién remodelada y adquirida por un hombre a quien los campesinos definen como poderoso latifundista. En el pueblo preguntamos por el comisariado ejidal. El hombre –cuarentón, delgado, rostro curtido por el sol, tupido bigote castaño, ojos claros que nos miraban recelosos bajo el blanco sombrero– nos indicó el camino hacia la casa del administrador de la hacienda. "¿No podría acompañarnos?", preguntó el profe Alvarado. "Mejor que no: es mi rival", dijo el comisariado.

Encontramos al administrador, que nos abrió las puertas de la hacienda. También nos enteramos del pleito: el ejido no quiere soltar agua para la hacienda, ni siquiera para uso doméstico. En el pueblo nos dieron su versión, mientras bebíamos cerveza en la tienda: “Así empiezan: que agua pal baño; luego que agua pa la huerta; y al rato nos dejan sin nada, como a los compañeros a quienes les compraron sus parcelas. Pero no nos echarán, porque Cárdenas nos dio la tierra”, dijo un hombre mayor, levantando su cerveza hacia el retrato de don Lázaro. Y más adelante, en "el país de Urbina" (véase el capítulo 3 de mi libro La División del Norte), encontramos una figura al lado de las de Cárdenas y Pancho Villa: la de Álvaro Ríos. Pero esa es otra historia.

Quizá esos pobres e ignorantes campesinos, igual que los que he encontrado en el Bajío y en Chihuahua, en Tabasco y en Michoacán, siempre con un retrato de Lázaro Cárdenas en el comedor, deberían leer los libros de los autores citados al principio, para que trasciendan las mentiras que les enseñaron en la escuela y puedan encaminarse al éxito... vendiendo esas parcelas ejidales a las que se aferran.

Falsificadores de la historia; algunas verdades sobre EU

Pedro Salmerón Sanginés/La Jornada.


La historia tradicional –y "la oficial"– suele limitarse a lo político-militar, tomando los efectos de la historia por sus causas y reduciéndolo todo a intrigas palaciegas que nunca explican nada. Pero lo que a nuestros "desmitificadores" interesa no es explicar la historia, sino suplantar los "mitos" por sus "verdades". Y sus "verdades" se limitan a intrigas palaciegas, enredos de alcoba, torpezas y traiciones.

De ese modo, González de Alba (plagiado por Zunzúnegui) reduce la explicación de la derrota del Goliat mexicano a la dogmática intolerancia de nuestros gobernantes, frente a la grandeza de los padres fundadores del David estadunidense. Me parece pertinente tratar de explicar el espectacular crecimiento de Estados Unidos previo a la guerra de despojo que lanzó contra nuestro país en 1846.

Empecemos señalando que el surgimiento de la cultura clásica y del capitalismo en Europa no se debe únicamente a sus inteligentísimas elites o a la libertad, la democracia, la tolerancia y otras palabrotas que habría que discutir, sino al acceso de los europeos a enormes extensiones de tierra fértil, a infinidad de puertos marítimos naturales y a numerosos ríos navegables. Para saberlo no hay que ser especialista en el tema, basta leer con cuidado a un par de grandes historiadores, como Finley, Anderson o Braudel.

En cuanto a Estados Unidos, el secreto de su conversión en potencia está en las guerras desatadas por la Revolución Francesa: entre los sueños de Napoleón estaba el de reconstruir el imperio francés en América, perdido 40 años antes, por lo que obligó a España en 1800 a devolverle Luisiana. Pero al perder su flota de guerra, Napoleón advirtió que no podría ocupar aquel territorio y en 1803 lo regaló –o casi– a Estados Unidos, para que se convirtiera en un contrapeso de Inglaterra. Así, sin esfuerzo, Estados Unidos duplicó su territorio.

El nuevo territorio estaba conformado por más de 2 millones de kilómetros cuadrados de llanuras fértiles, surcadas por los afluentes del Mississippi, muchos de ellos navegables y fácilmente comunicables con la zona habitada de Estados Unidos. Nunca en la historia moderna una nación había tenido a la mano tal riqueza. Como señala Leo Huberman (Nosotros, el pueblo. Historia de los Estados Unidos, pp.117-119), un pueblo entero descubrió que "podía ser suya parte de los mejores suelos labrantíos del mundo". ¿Resultado?: "El mundo jamás había presenciado antes un movimiento semejante".

Esto coincidió con un momento en que Europa tenía excedentes de población, que se lanzaron en poderosa corriente a las fértiles tierras del Mississippi, multiplicando la población de Estados Unidos en pocas décadas. Los historiadores serios siempre ponen como primera razón de tan espectacular crecimiento la existencia de esos feraces territorios combinada con las corrientes migratorias, y sólo en cuarto o quinto lugar la tolerancia religiosa. Una vez convertido en potencia económica, Estados Unidos inició un periodo de agresión expansiva para "extender el área de la libertad y del gobierno perfecto", según su propia propaganda. "Extender el área de la libertad" implicaba extender la esclavitud, pues los dogmáticos e intolerantes padres fundadores de la nación mexicana se opusieron sin cortapisas, desde Hidalgo en adelante, a la "institución" que los algodoneros estadunidenses llevaron a Texas con su "libertad" y su "tolerancia". Curioso, muy curioso, que ni González ni Zunzúnegui dediquen una palabra a la esclavitud.

No hay comparaciones posibles: los estadunidenses iniciaron su guerra de Independencia contra una Inglaterra en bancarrota, y fueron ayudados con soldados y recursos por Francia y España, ante la neutralidad de los países nórdicos; solo tres décadas después enfrentaron su primer desafío externo. México, en cambio, en lugar de tres décadas de paz exterior, tuvo 45 años de amenazas constantes e invasiones directas, que tuvo que enfrentar con su economía en completa bancarrota.

En fin, frente a la riqueza algodonera del sur estadunidense, el potencial marítimo e industrial de Nueva Inglaterra, y la inmensa cuenca del Mississippi, México carece por completo de vías naturales de comunicación; tenía pocos y malos puertos naturales, y todos ellos en zonas mortalmente insalubres; escasa tierra cultivable; carencia casi total de recursos para industrializarse y una sola riqueza que poner en el mercado de la época: la minería de plata, en quiebra antes de 1810. Pero esta sí que es la historia que no nos han contado. Lo realmente sorprendente de la historia del siglo XIX mexicano es que ante tantos obstáculos, hayamos construido un país. Un país de cuyo pasado me enorgullezco.

Falsificadores de la historia: el amor a la patria (estadunidense)

Pedro Salmerón Sanginés/La Jornada.


En la anterior entrega asistimos alborozados a las fabulosas fantasías del desmitificador Zunzúnegui sobre la guerra que el David estadunidense ganó al Goliat mexicano. Continuemos con esa historia, porque Zunzúnegui no se detiene donde lo dejamos: afirma que cuando Estados Unidos se anexó Texas, en 1845, México ya había reconocido la independencia de la república de la estrella solitaria, lo que es una descarada mentira; y que Santa Anna era el presidente en ese momento, lo que es falso (Patria sin rumbo, p. 114).

Asegura que la guerra "comenzó el 8 de mayo de 1847, en apenas cuatro meses la invasión del norte fue un éxito, y el 14 de septiembre de ese año la bandera estadunidense ya ondeaba en Palacio Nacional" (Idem, p. 114). Así es: para este "historiador", una guerra de 18 meses se convierte, de un plumazo, en un desfile militar de cuatro (Id. p. 118).

Una última perla: "Las armas de aquella época eran las mismas para ambos bandos, y Estados Unidos invadió con 14 mil hombres a un país que tenía por lo menos 80 mil soldados" (Idem, p. 117). No sé de dónde saca la cifra de 80 mil soldados mexicanos, pero vayamos a los estadunidenses: por el campamento del general Taylor en Camargo, Tamaulipas, pasaron más de 15 mil hombres, de los que 7 mil avanzaron contra Monterrey. Todavía recibiría refuerzos para destacar columnas a diversos puntos y enfrentar a Santa Anna en La Angostura. No menos de 20 mil hombres pasaron por sus filas. A su vez, el general Scott desembarcó en Veracruz con 12 mil hombres y necesitó más de 20 mil para llegar a México.

Otras columnas avanzaron sobre Nuevo México, California y Chihuahua, fuerzas que sumaban en conjunto cerca de 10 mil hombres. En total, un número tres o cuatro veces superior al que inventa Zunzúnegui. Tampoco hay equidad ni comparación posible en el armamento, pero para saberlo hay que leer cualquier historia seria de aquella guerra.

Es tan fabulosa la versión de Zunzúnegui que nunca pensé que la hubiera tomado de algún otro lado ni que tuviere alguna fuente, pero ¡oh sorpresa! Encontré que sigue a pie juntillas, a uno de los "desmitificadores" originales de esta nueva hornada, Luis González de Alba, cuyo libro (publicado varios años antes) no aparece entre los 16 de la "bibliografía" de Zunzúnegui.

En Las mentiras de mis maestros, González de Alba escribe: "En septiembre de 1847 los ejércitos de Estados Unidos llegaron hasta la capital de México, un país mucho mayor que ellos, e izaron su bandera en el Zócalo" (p. 41).

La pequeña república del norte había vencido al "gigante de régimen feudal y precapitalista cuyas fronteras iban de Oregon a Colombia". Luego: "Un David pequeño, pero belicoso y decidido, contra el Goliat del sur, grande pero torpe, católico y rezandero. Uno atenido a la producción de cañones, el otro a la protección de la virgencita de Guadalupe" (p. 56).

Por fin: "Un incidente fronterizo sirve de pretexto a los pequeños Estados Unidos para declarar la guerra al gigante dormilón, guadalupano y protector de la única y verdadera fe. Comenzó el 8 de mayo de 1847 y en apenas cuatro meses los estadunidenses tomaban Chapultepec y colocaban su bandera en el Zócalo" (p. 59).

No sé qué opine el lector, pero a mí me parece notable. Un desmitificador que sin citar la fuente, repite de manera textual mentiras tan flagrantes que no puede sino haberlas leído en quien las inventó. Incluidas la hermosa figura bíblica y el error elemental de la duración de la guerra. ¿Habría que denunciarlo por plagio?

Por su parte, González va más allá y explica la derrota de Goliat: Estados Unidos nació de la democracia que daba el voto "a todo el mundo" (menos a las mujeres y los esclavos) y ofreció "una oferta utópica", en tanto que México se cerraba sobre sí mismo, tras ser fundado por "una canalla intolerante y fanática". Digamos que la libertad religiosa estadunidense era muy relativa y que el gobierno mexicano no persiguió con hechos positivos, nunca, a las religiones no católicas entre 1821 y 1857: lo que enfureció a los texanos fueron los intentos mexicanos (¿dogmáticos e intolerantes?) por suprimir la esclavitud en Texas (tema que ni siquiera mencionan nuestros desmitificadores), pero entrar en ello implica salir del terreno de las falsedades para entrar en el de la historia, como haremos en la siguiente entrega.

Falsificadores de la historia; Hidalgo, padre de la patria


Pedro Salmerón Sanginés/La Jornada.

Los flamantes falsificadores de nuestra historia odian que Miguel Hidalgo haya abierto la puerta para que el pueblo tomara en sus manos su propio destino. Tienen pesadillas con la "plebe" y la "canalla", a la que quisieran ver permanentemente contenida. Hoy dejaré pasar su idea de la "turba saqueadora" para mostrar que, al afirmar que Hidalgo nunca habló de independencia, sencilla y llanamente mienten. Es cierto que no podemos saber a ciencia cierta las palabras textuales con las que Hidalgo arengó a sus feligreses la madrugada del 16 de septiembre, pero un testigo presencial escribiría después que gritó:

“No existe ya para nosotros ni el rey ni los tributos [...]
"Llegó el momento de nuestra emancipación; ha sonado la hora de nuestra libertad".

Otro de los primeros compañeros de Hidalgo escribió que, en vísperas del 15 de septiembre, el cura lo invitó al movimiento con las siguientes palabras:

"Pues bien, se trata de quitarnos este yugo haciéndonos independientes; quitamos al virrey, le negamos la obediencia al rey de España, y seremos libres; pero para esto es necesario que nos unamos todos y nos prestemos con toda voluntad, hemos de tomar las armas para correr a los gachupines y no consentir en nuestro reino a ningún extranjero. ¿Qué dices, tomas las armas y me acompañas para verificar esta empresa? ¿Das la vida si fuere necesario por libertar a tu patria?"

Además de estos testimonios indirectos, hay numerosos textos firmados por Hidalgo, en los que se habla de independencia y de libertad: en una proclama redactada probablemente en Celaya, en septiembre de 1810, dice Hidalgo:

"El día 16 de septiembre de 1810, verificamos los criollos en el pueblo de Dolores y villa de San Miguel el Grande, la memorable y gloriosa acción de dar principio a nuestra santa libertad".

¿Qué libertad? Lo explica en una proclama fechada en octubre:

“El sonoro clarín de la libertad política ha sonado en nuestros oídos. [...]
"La libertad política de que os hablamos es aquella que consiste en que cada individuo sea el único dueño del trabajo de sus manos y el que deba lograr lo que lícitamente adquiera para asistir a las necesidades temporales de su casa y familia; la misma que hace que sus bienes estén seguros de las rapaces manos de los déspotas que hasta ahora os han oprimido, esquilmándoos hasta la misma substancia con gravámenes, usuras y gabelas continuadas".

Posteriormente, en Guadalajara, el cura Hidalgo publicó numerosos documentos fechados en nuestro Palacio Nacional. Formó un gobierno. Publicó una gaceta. Convocó a un Congreso nacional que dicte leyes suaves y benéficas y gobierne con la dulzura de padres. ¿No es eso luchar por la independencia política? Claro que lo es, a menos que uno no lea, o no quiera entender. Podríamos seguir con los decretos de Guadalajara, decretos de un jefe de Estado, algunos de ellos de enorme alcance, como el de la abolición inmediata de la esclavitud o el relativo a las tierras de los pueblos, pero no haríamos sino abundar en lo dicho: sólo mintiendo puede afirmarse que Hidalgo nunca habló de independencia y libertad; sólo mintiendo puede afirmarse con tan solemne autoridad que no tenía ideas.

Deberían advertir estos desmitificadores que en todos los procesos de independencia de América, los inicios fueron vacilantes y poco claros en lo que respecta a proyectos e ideología. Los propios padres fundadores de Estados Unidos, a los que tanto admiran González de Alba y Zunzúnegui, que iniciaron su guerra en 1774 y derrotaron finalmente a los ingleses en 1781, no definieron su modelo de Estado hasta 1787, y los debates más interesantes se dan en ese año, en torno a El federalista, de Madison, Hamilton y Jay (y por cierto, señores Zunzúnegui y González de Alba: todos esos libertadores y no sólo Hidalgo, y también quienes los combatieron, fueron intolerantemente religiosos. No entenderlos es querer juzgar aquella coyuntura con los criterios del presente).

Para saber qué ideas tenía Hidalgo hay que leer. Yo sé que leer puede resultar tedioso y cansado, pero no hay otra forma de conocer la historia. Les recomiendo, señores desmitificadores, los cuatro volúmenes de Miguel Hidalgo y Costilla: documentos sobre su vida, publicados y compilados por Felipe Echenique y Alberto Cué (INAH, 2010). Elijan ustedes, si quieren, a Iturbide como padre de la patria, pero no mientan en torno a Hidalgo.

Falsificadores de la historia; el odio al cura Hidalgo


Pedro Salmerón Sanginés/La Jornada.

Los desmitificadores de que hablamos en el artículo anterior han dedicado miles de páginas a "desacralizar" a los "falsos héroes", empezando por el primero de ellos: don Miguel Hidalgo y Costilla. Se han impuesto como tarea convencernos de que era un criminal y no hay razón ninguna para llamarlo Padre de la Patria, sólo que al hacerlo, como acostumbran, mienten y falsifican la historia.

Naturalmente, llamar "Padre de la Patria" a un personaje es una convención. Elegir alguna fecha para celebrar es también una decisión más o menos arbitraria: algunos de nosotros elegimos la madrugada del 16 de septiembre de 1810, como también podría ser el 6 de noviembre de 1813, e incluso el 27 de septiembre de 1821, como fecha para conmemorar la Independencia, de la misma manera que los estadunidenses eligieron la Declaración de Independencia, en 1776, y no la victoria final contra los británicos, ocurrida años más tarde. Cada quien, pues, elige. Nosotros hemos elegido a Hidalgo y aquella madrugada de septiembre; ellos han elegido el triunfal desfile de Iturbide y Guerrero en la ciudad de México. Para ambas elecciones hay fundamento, pero los desmitificadores se han empeñado en desmitificar a Hidalgo y, para hacerlo, tienen que mentir.

A José Manuel Villalpando, Hidalgo le cuesta mucho trabajo. En su biografía del párroco de Dolores, el encargado o ex encargado de los festejos del bicentenario (y parcialmente, de la famosa Estela de Luz) se deshace en elogios del buen sacerdote, mostrándolo siempre como tal, buen sacerdote. Hidalgo es un buen sacerdote imbuido de una causa santa.

¡Ah!, pero de pronto el buen párroco es arrastrado por las circunstancias y poseído por un frenesí libertario que lo arroja a inenarrables excesos y terroríficas matanzas. No es Hidalgo el que les horroriza sino la turba, la anárquica muchedumbre, la desordenada multitud que esa misma noche habría de convertirse en una horda sin control (Armando Fuentes Aguirre (Catón), Hidalgo e Iturbide, p. 39). Para Juan Miguel Zunzunegui, no hay nada en Hidalgo fuera de eso, como lo muestra desde el título capitular Hidalgo: ¿guerreros insurgentes o turba saqueadora?: y lo más importante, sus cuatro meses de saqueo, cuatro meses que fue lo único que duró su guerra, no tuvieron relación alguna con la verdadera obtención de la libertad, y se sigue de frente contra el bribón del cura (Zunzunegui, Patria sin rumbo, p. 58 y ss.)

Odian en Hidalgo que haya caído bajo el terrible influjo de las masas: el 14 de abril de 2010, en una videoconferencia, Villalpando afirmó que Hidalgo promovió el matar gente a diestra y siniestra, lo que explica las más de 22 mil muertes sufridas en el país desde 2006 a la fecha, como producto de la guerra contra el narcotráfico. El Hidalgo sanguinario y criminal prefigura, según ellos, la criminalidad inherente al mexicano (Luis Hernández Navarro, La Jornada, 3 de agosto de 2010).

Es esto: la canalla, la plebe, la turba que saquea y se baña en sangre lo que asquea a los Catón, los Villalpando, los Zunzunegui. El grueso de sus textos sobre Hidalgo se detiene en los ríos de sangre de inocentes y omite su proyecto revolucionario, continuado por Morelos. A ese tema, a los decretos de Hidalgo en Guadalajara, a su proyecto social, a sus ideas como caudillo revolucionario, Villalpando le dedica apenas dos párrafos (Miguel Hidalgo, pp. 99 y 123).

Zunzunegui es peor: repite hasta la náusea que Hidalgo nunca mencionó la palabra independencia, que no tenía proyecto y que sólo sus rencillas personales lo llevaron a desatar a aquella turba saqueadora (México: la historia de un país construido sobre mitos, pp. 26 y 75; y Patria sin rumbo, pp. 25 y 58-64). Incluso, afirma rotundamente, es imposible saber qué ideas tenía Hidalgo o si las tenía, pero si tuviéramos que basarnos en lo que gritó, vemos una invitación a pelear por el rey de España y del dominio de la religión (Patria... p. 62). Un poco más allá está la fabulosa posición de Luis González de Alba, quien afirma sobre Morelos, en una lectura de los Sentimientos de la nación aún más presentista y descontextualizada que las de Villalpando o Zunzunegui: ¿A esa canalla intolerante y fanática estamos celebrando? Pues sí, porque seguimos padeciendo los mismos defectos, y por ellos seguimos hundidos en la pobreza (Nexos, septiembre de 2009).

Falsificadores de la historia


Pedro Salmerón Sanginés/La Jornada.

La moda de desmitificar.

A raíz de las reformas educativas iniciadas en 1992, y con mayor énfasis desde el triunfo del PAN en las elecciones de 2000, se convirtió en moda denostar lo que ha dado en llamarse historia oficial. No defenderé yo la antigua versión priísta de nuestro pasado, pero sin duda, los desaforados ataques de que ha sido objeto dificultan cada vez más la enseñanza de la historia.

A la moda del denuesto siguió inmediatamente la de los desmitificadores, que como adolescentes tardíos se lanzaron a desacralizar la historia de México, vaciándola de contenido y tratando de construir una nueva versión en lugar de la anterior, como si todo el conocimiento histórico se redujera a los libros de texto… quizá porque algunos de estos desmitificadores no habían leído otros libros.

De ese modo, sin ningún respeto por el conocimiento histórico, sin distinguir entre el hecho y su interpretación, con un muy escaso manejo de fuentes y nula crítica de las mismas (herramientas elementales del quehacer histórico), han escrito pilas de libros y toneladas de artículos periodísticos y guiones de radio y televisión (es fácil escribir historia sin investigar: basta con aferrarse a ideas preconcebidas y bordar sobre ellas), construyendo esta otra historia, casi siempre con intereses políticos explícitos e inmediatos.

Los historiadores profesionales hemos dejado pasar esas falsificaciones, pero creo que ha llegado el momento de enfrentarlas: estos desmitificadores son cada vez más leídos y tienen un impacto creciente; los medios les entregan espacios; opinan sobre la vida nacional con autoridad de historiadores y, casualmente, todos son partidarios del gobierno en turno. La historia la usan, invariablemente, para intentar darle solidez a sus posiciones políticas.

De ese forma, Luis González de Alba, en un libro de atractivo título (Las mentiras de mis maestros), afirma que la historia oficial sólo nos ha enseñado a sentirnos conquistados y a identificarnos como vencidos, para luego atacar una y otra vez al EZLN y a todos sus simpatizantes, pues como hicieron Hidalgo y Morelos, o Villa y Zapata, siguen cerrando el camino del país hacia la única utopía exitosa: el gobierno democrático, la igualdad ante la ley, la libertad para producir y para comerciar (p. 264).

José Manuel Villalpando participó activamente en la campaña electoral de 2006 con inolvidables paralelismos, como aquel en que hablaba de Vicente Guerrero para referirse a López Obrador: "es un hombre con pocas luces, con gran dificultad para hablar, con ideas francamente peligrosas, calificadas de populistas [...] Es un hombre ambicioso que se ha rodeado de las más despreciables figuras políticas, cuyas ideologías son abiertamente contrarias al interés de una nación que acaba de obtener sus derechos y que está aprendiendo a ejercerlos". Posteriormente acuñó su célebre frase: "Si Juárez viviera sería del PAN", que defendió innumerables veces, como en una entrevista concedida a El Universal: "López Obrador usa a Juárez de manera maquiavélica, falseando al verdadero Juárez [...] parte de una malformación de la figura de don Benito surgida a partir del populismo de Echeverría, al cual López Obrador sigue a pie juntillas". Afortunadamente, su corresponsabilidad en el escándalo de la Estela de Luz lo mantiene callado en la actual campaña.

Juan Miguel Zunzunegui manipula la historia para mostrar que los mexicanos somos los principales enemigos de los pocos que han intentado sacarnos de la condición de conquistados que nos autoimponemos (como Felipe Calderón). Que todos nuestros males los hemos provocado nosotros mismos. Urge enseñarle a México su verdadera historia para trascenderla y poder instrumentar las reformas liberales de segunda o tercera o cuarta generación: por ejemplo, la supresión total del sector social en el campo, pues el reparto cardenista destruyó a México y la miseria del campo mexicano se la debemos a esa masacre llamada revolución; por ejemplo, abrir el sector petrolero a la iniciativa privada para que ahora sí sea fuente de riqueza, pues la expropiación petrolera fue solamente un golpe publicitario de nefastos resultados (La historia de una matanza por el poder, pp.141 y 146).

Por la misma vía discurren Macario Schettino, Armando Fuentes Aguirre, Catón, y otros, a los que iremos señalando. No haremos lo que ellos desde opuesta posición política. Nuestro objetivo será hacer evidentes sus métodos: la mentira flagrante, la mentira a medias, la manipulación de fuentes, la supresión de datos que les resultan incómodos, la falsificación pura y dura. El propósito de esta columna será mostrar a esos desmitificadores como lo que son: falsificadores.